Iniciando un nuevo año

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Ven a mi mesa

domingo, 27 de mayo de 2012

Una mujer perfecta

Este es el ejercicio del mes de mayo y tengo el gusto de compartir letras e imagen, con la querida y magnífica escritora: Laura .http://elbolsillodemijean.blogspot.mx/.Clicando aquí podrán leer su relato.
He querido escribir acerca de una clase de violencia hacia la mujer que muchas veces no es denunciada por quienes la padecen, ya que la consideran, cuando mucho, como parte de "su deber" o "necesaria", pues algunas temen perder su status social. 
Me refiero a la "VIOLENCIA PSICOLÓGICA".





Una mujer perfecta

Yo, Estefanía Méndez de Hills, vivo una gran mentira al lado un farsante: el muy digno y prominente  Román Hills, cuyo cargo de juez de la Suprema Corte de Justicia, lo elevan a nada menos que a "un hombre honorable, recto y lleno de virtudes".
Debo confesar que "detrás de un gran hombre hay una gran mujer" (¿quién dijo esta chorrada?). Bueno, en mi caso yo si estoy detrás, ¡pero bastante atrás! a pesar de tener el título de abogada.


Me han dicho que me admiran porque trabajo al lado de mi marido. Pero, por supuesto que admiran más a Román, porque me "permite" trabajar, a pesar de que tenemos dos hijos y estamos llenos de compromisos sociales.
Si supieran que gracias a las agotadoras jornadas que cumplo en la Suprema Corte como asesora jurídica se pueden pagar muchas de las cuentas que generan la casa, los autos (uno compacto para mí y uno de lujo para Román), las personas del servicio y mucho, mucho más. 
Pero dirían quienes se enterasen de esto: "¿Cómo es posible que seas tú la que pague las cuentas y, el fabuloso sueldo que recibe tu esposo, ¿ adonde va a parar?"
Pues no lo sé exactamente, pero lo intuyo: viajes a EE. UU, Europa y otros destinos (donde nunca vamos, ni sus hijos, ni yo), trajes de lujo, juego y mujeres, muchas mujeres.
¿Que cómo lo sé?, él nunca lo oculta a mis ojos, ya que siempre tengo frente a mí los bauchers con que paga sus excesos, y que invariablemente archiva en la caja fuerte (de la que desconozco la clave), sin importarle si estoy presente o no. 
Por si esto fuese poco, siempre que llega de alguna de sus salidas, puedo percibir el olor de su ropa impregnada de perfume de mujer (siempre de marca cara). 
Pero la prueba más evidente es: El sexo inexistente entre nosotros, ya que hace por lo menos un año que no copulamos (ya que en todo este tiempo de casada, nunca he sabido lo que es "hacer el amor").
A mí me tiene para exhibirme en las fiestas oficiales, para que prepare las cenas a las que invita a sus prominentes amigos, y para que le de prestigio y respetabilidad.
Me siento eternamente cansada, no sé de donde saco fuerzas para hacer todo lo que se espera de mí.
Tengo que estar impecable y cuidar mi belleza, vestir elegante, pero sobria, mientras más sobria, mejor. si es que no quiero exponerme a ser sancionada por mi querido esposo.
Tengo que trabajar, tengo que estar al tanto de los problemas de mis hijos y acudir a las  juntas o los festivales de la escuela.
Tengo que supervisar a la servidumbre y los gastos de la casa.
Tengo que organizar las cenas con que Román halaga a quienes lo favorecen.
Y a veces, cuando ya no puedo más de cansancio... tengo que vestirme de gala, para acudir a algún evento donde, desde luego, se ensalzarán las virtudes de mi marido.
Todo esto no me importaría tanto, sino fuera  porque me humilla. Sí, ¡me humilla! Todas esas veces que parece que me dice algo tierno al oído, en realidad me está insultando.
-¡Que estúpida eres, fíjate en lo que dices!- o -¿ Que clase de &$% barata eres?, ¡a ver si dejas de sonreírle al &$% ese! 
Nunca me ha golpeado, pero siempre me hiere con sus palabras, cada una de ellas me hace una muesca en el alma.
Mientras me ducho lloro furiosa. Siento  correr el agua por mi cuerpo, es tanta mi amargura que termino sentada y trato de desahogar mi frustración pensando en el divorcio. 
Pero luego desecho este pensamiento y me digo que debo mantenerme en esta farsa, pues no soportaría que alguien dijera que no soy UNA MUJER PERFECTA.


D.K

viernes, 13 de abril de 2012

Codicia

Codicia

Esa primavera, Iosef Goldanski había decidido embarcarse rumbo a América en aquel enorme barco llamado "Titanic", que era el más reciente y moderno medio de comunicación entre el viejo y el nuevo Continente.

Iosef era un prospero negociante judío de cincuenta y tres años, alto y enjuto. Iba siempre vestido con un traje negro, que brillaba de tan usado. La camisa, cuyo cuello asomaba, daba fe de que no era muy afecto a cambiarse e incluso a ducharse muy seguido.

Su típico rostro sefardí, lucía una nariz ganchuda, ojos pequeños parecidos a los de un ratón, una boca formada por dos lineas paralelas, una gran barba hirsuta, un cabello bastante sucio y largo con trecitas a los lados y rematado por un negro sombrero.

Decidirse a dejar Inglaterra, el país que lo había visto nacer, no fue fácil, pero las circunstancias que lo empujaron a hacer dicha travesía fueron más fuertes que sus deseos de permanecer en Southampton, ciudad a la que habían emigrado sus padres poco antes de que él naciera.

A la muerte de su padre, el lazo que lo ligaba a Rebeca Goldanski, su madre, se tornó más fuerte y, por consiguiente, él le profesaba una obediencia ciega.

Así que acató sin chistar la promesa que ella le obligó a hacer: “Nunca me casaré mientras tú vivas, querida mamá”. Y nunca se casó.

La fortuna de los Goldanski, creció día a día y, junto con ella, el excesivo ahorro y la avaricia.

Cuando murió Rebeca, Iosef se sintió más solo que nunca. Tanto, que limitó aún más sus comidas y por las noches ni siquiera prendía las luces. Motivo por el cual, más de una vez los ladrones intentaron entrar, pues pensaban que ya no vivía nadie en esa casa.

Tratando de resguardar su patrimonio, Iosef decidió que lo mejor que podía hacer era poner tierra de por medio e ir donde nadie supiera de su fortuna. Ya que en Southampton era muy conocida su riqueza y también su avaricia.

Así que tomó sus viejas maletas, las llenó con las joyas y monedas de oro que pertenecían a la familia desde hacía varias generaciones y, por no dejar, puso una muda que consistía: en una camisa, un pantalón, un calzón y unos calcetines medianamente limpios.

Subió al barco siguiendo al chico que llevaba sus valijas y ni siquiera prestó atención a los viajeros que decían adiós emocionados desde la baranda de la cubierta. Su máxima prioridad era vigilar sus pertenencias.

Tampoco lo vieron nunca en el comedor, ni tomando el fresco sentado en las tumbonas esparcidas estratégicamente por la superficie del navío.

Literalmente se encerró en su camarote, temeroso de que alguien entrara y se llevara su querido tesoro.

Si se había embarcado en primera clase, a pesar de que tuvo que hacer un desembolso que lo hizo sufrir, era porque pensaba que los pasajeros de segunda y la tercera clase, eran puros raterillos y gente de baja estofa, y ahí hubiesen peligrado más sus pertenencias.

A los mozos que iban a ver si deseaba que le llevaran el servicio de alimentos a su camarote, les dijo que no necesitaba nada, ¡nada más faltaba que también gastase en esos dispendios!, si de por sí el pasaje había estado demasiado caro.

Lo único que pidió fue una taza, una cuchara y agua caliente. y como nunca dio una sola propina, los mozos se ausentaron de su camarote.

Sobrevivía con algunas galletas, unas bolsitas de té y terrones de azúcar que llevaba en una vieja bolsa.

Dos días después despertó alertado por los gritos y las carreras de algunas personas que pasaban frente a su puerta, no obstante se abstuvo de salir.

Pero se llenó de pánico cuando vio que entraba agua bajo su puerta. Inmediatamente rompió una sábana en tiras y sacando sus queridas maletas, las amarró fuertemente a sus caderas y se las fijó en la piernas, se puso su abrigo largo y salió.

Caminando trabajosamente trató de llegar a cubierta. Cuando finalmente subió, se dio cuenta de que el barco se comenzaba a hundir. Entonces se esforzó por llegar a uno de los botes salvavidas.

Hizo a un lado a empujones a las mujeres, los ancianos y los niños que tenían la prioridad de ser salvados y dio un salto para subir al bote. Pero el peso excesivo que llevaba encima no le permitió llegar a él y, como consecuencia, cayó estrepitosamente al mar.

El mar lo quiso devorar junto con sus maletas, pero por un milagro salió a la superficie.

Cerca de Iosef estaba uno de lo botes salvavidas y dos de los hombres que lo navegaban le hicieron señas para que nadara hacia ellos –¡come here , come here!- le gritaron.

Con un esfuerzo sobrehumano Iosef logró llegar cerca del bote y alargó los brazos para que lo rescataran. Pero cuando los hombres lograban asirlo, el peso hacía que se resbalara. Uno de sus salvadores le gritó - ¡tiene que quitarse peso, necesita desamarrarse eso que trae en la cintura!

Pero Iosef no pensaba soltar su amado tesoro. Así que aquellos que pretendían salvarlo, tuvieron que limitarse a ver cómo, debido al congelamiento y a su negativa de soltar las maletas, el hombre terminaba hundiéndose. Finalmente el mar ganaba la partida.

Es posible que algún buzo, muchos años después, haya encontrado el esqueleto de un hombre, abrazado a unas viejas maletas.

Fin

miércoles, 4 de abril de 2012

Paloma (dos)

Paloma

(dos)

Entre las islas griegas, Santorini es una de las más hermosas, tiene forma de media luna y su playa de arena oscura es un indudable atractivo para quienes visitan este paradisiaco lugar. Si a esto le agregamos sus maravillosas puestas de sol, nadie puede dudar que es un lugar hecho para el amor.

La aristocrática residencia que Adriano mandó edificar en Thira, la capital, había sido construida con verdadero gusto y elegancia.

Cuando Paloma llegó a habitarla, Adriano le preguntó si deseaba cambiar algo y ella le contestó que sería una ociosidad tratar de romper con esa perfecta armonía.

Este era el marco para el extraño arreglo que se había establecido entre Adriano, Paloma y Carlo.

Al principio se sentía una atmósfera tensa, no desprovista de celos, y se inició una especie de competencia por la atención de Paloma.

Pero la chica supo establecer un equilibrio casi perfecto para demostrar su amor a cada uno de ellos, de manera que no sintieran que amaba más a uno que al otro.

Adriano tuvo que mandar construir una cama enorme, pues Paloma se negó a compartir el lecho alternadamente. “Eso daría lugar a que uno se sintiera desplazado. ¡No, no y no!”, concluyó.

Fue más difícil romper la resistencia de Luciana, que con su receloso mutismo dio a entender que de ninguna manera estaba de acuerdo con lo que calificó de “una mancha en el apellido Constantino “.

No obstante seguía dirigiendo la casa con la misma eficiencia. Pero manifestaba su desacuerdo mandando Nira, su hija mayor, a servir la mesa o algún otro menester de carácter personal.

Nira siempre regresaba a contar, conteniendo la risa, algún anécdota del aquel trío. Y aunque nunca lo confesó, gracias a ellos, tenía uno que otro sueño erótico.

Con el tiempo se hizo rutinaria la vida en la mansión “Villa Constantino”.

Por la mañana, salían a correr los tres, luego desayunaban juntos y más tarde, Adriano salía rumbo a las oficinas de su empresa, Carlo iba a trabajar al restaurante de su padre , que esperaba resignado a que terminara lo que consideraba “un capriccio di mio figlio stupido”. Sin embargo no perdía oportunidad para calificarlo de “cornuti”, cada vez que la ocasión lo permitía. Pero a Carlo se le resbalaba toda insinuación, no sólo de su padre, sino también de algunos amigos, a los que él calificaba de “envidiosos”. “Ya quisieran tener, aunque fuese compartida, a una mujer como Paloma”, pensaba Carlo.

Mientras ellos estaban fuera, Paloma ensayaba. Las notas de su violín llenaban las paredes de la mansión y la hacían vibrar, como vibraban los tres moradores con ese amor extraño.

Un día Paloma dijo a Adriano:

- Recuerdas, amor, que un día te dije que no quería modificar nada de esta casa?

- Sí, ¿has cambiado de parecer?

- Pues si, he pensado que me gustaría darle un toque distinto al baño de nuestra recámara.

- ¿Quieres que te envié al decorador?- dijo Adriano complaciente.

- No, no lo necesito, ya verás como me las arreglo sola.

Y desde el siguiente día comenzó a llevar a cabo su idea.

Y después de casi un mes, dio por terminada su obra.

Esa noche esperó el regreso de sus hombres, ataviada con un espléndido vestido de color azul agua y luciendo unos hermosos pendientes regalo de Carlo, y una pulsera que le obsequiara Adriano.

Cuando ellos llegaron los recibió luciendo más bella que nunca.

- ¡Que hermosa sorpresa!- dijo Carlo, besándola efusivamente.

- Es verdad, mi preciosa- secundó Adriano , y también se acercó a abrazarla- ¿pero a que se debe tanta esplendidez?

- ¡ahhhh! pues es que he terminado la decoración de” nuestro baño”.

- Pues veámoslo- sugirió Adriano.

- No, no tan rápido, primero cenaremos, Luciana odiaría que se enfriara el magnífico moussaka y el no menos espléndido Gyros, que ha preparado. Aunque eso si, yo preparé el postre, espero que no quedar mal con el baklova.

- ¡Que te parece, nuestra españolita aprendiendo comida griega!- exclamó Adriano divertido.

- No diré nada hasta probar sus “experimentos”, jajajajajaja- contestó Carlo, mientras percibía una mueca graciosa en el rostro de Paloma.

La cena transcurrió entre risas y comentarios locales. Carlo les habló de su proyecto de abrir un restaurante propio en Parika, una isla cercana a Santorini.

- ¡Ay amor, estarías mucho tiempo lejos de casa!- exclamó Paloma un tanto contrariada.

- Pues sí, amore, pero no me gustaría hacerle la competencia a mi padre en esta isla- dijo Carlo, algo afligido.

- Bueno, no es para tanto, yo tengo una casa en Parika, no es tan grande como esta, pero serviría, podríamos ir allá una o dos veces por semana – informó Adriano.

- ¿ De verdad amor?, ¡eso sería maravilloso!

- Pero hoy no es día de hablar de trabajo- dijo Paloma, mientras servía el postre- sino de que le den el visto bueno a mi obra maestra.

- ¡Umhh!, pues sí, el baklova es toda una obra maestra – dijo Carlo, mientras saboreaba el postre.

- ¡No, tontito, no!, me refiero al nuestro baño- dijo, riendo divertida.

- Vayamos ya, ¿a que esperamos? – sugirió Adriano.

Los dos abrieron los ojos sorprendidos. El cuarto de baño parecía un espacio abierto bajo un cielo limpido, ocupado apenas por unas placenteras nubes.

Paloma se las había ingeniado para dar a la paredes una idea de lejanía, en ellas se juntaban el cielo y el mar. Luego más cerca, la suave arena albergaba algunas espumosas olas.

Pero lo que más llamaba la atención era que, en un arranque de genialidad, también había plasmado el fondo del océano, habitado por cientos de peces de colores inverosímiles y debajo de ellos surgía una alucinante, loca e indescriptible flora marina. De manera que quién se sumergiera en la bañera, tendría la impresión de estar dentro de un mar al que nadie había visitado.

- ¡Paloma, esto es ... genial y digno de ser admirado! – exclamó Adriano.

- Me quitaste las palabras, Adriano – afirmó Carlo – Estás llena de arte, mi bella, no sólo tocas divinamente el violín, sino que eres una consumada pintora, ¡te felicito!- dijo conmovido.

De pronto los tres se enlazaron en un apasionado abrazo y los besos no se hicieron esperar. No pudiendo sustraerse al ambiente marino, se despojaron de sus ropas y se sumergieron en ese placentero mundo.

Esa noche se escucharon muchos ayes y suspiros. La casa se llenó de tal atmósfera, que muchas parejas de los alrededores se contagiaron de erotismo y de amor.

La noticia de que Paloma estaba embarazada impelió a Carlo a llevar a cabo su proyecto de abrir su propio negocio. No quería que Paloma pensara que no aportaba lo suficiente para su manutención o para la del bebé.

Cuando se lo planteo a su padre, él sólo exclamó:

- Pobre cornutti, ni siquiera sabes si el bambino es tuyo-

- ¡Claro que es mío!- contestó Carlo, muy seguro de su paternidad.

En cuanto se inauguró el restaurante “ Il nido della paloma”, Adriano y Paloma viajaron constantemente hacia la isla de Parika.

Nada había que empañara la felicidad de aquel trío, se amaban, esperaban un hijo y prosperaban económicamente. Además habían superado los celos y los malos entendidos.

Las familias de los tres habían aceptado finalmente su estilo de vida y muy frecuentemente los visitaban, tanto en la mansión Constantino, como el restaurante de Carlo, donde se conmemoraban los cumpleaños y demás ocasiones especiales, tanto de los parientes, como los del enamorado trío.

El primero que notó un cambio extraño en la actitud de Paloma, fue Carlo y le preguntó a Adriano:

- ¿Sabes que le pasa a Paloma?, de pronto la noto triste y desmotivada – dijo, adoptando un tono confidencial.

- Ahora que lo dices, ¡es cierto! Ayer simplemente le dije que ya no la veía ensayar con el violín y que si pensaba aceptar la oferta que le habían hecho para tocar en el Teatro Goldoni, debería estudiar mucho.

Me contestó que ya no le entusiasmaba presentarse en ningún teatro, que llamaría al empresario y anularía el contrato.

Ya no le dije nada, pues pensé que estaba reaccionando así por su embarazo y de verdad deseo que esta sea la razón.

A partir de ese momento los dos se dieron a la tarea de no dejar sola a Paloma. Anulaban citas y delegaba responsabilidades, para poder acompañar a su amada. Ellos pensaban que en cuanto llegara el bebé, cambiaría de actitud.

Para alegrar a Paloma muy seguido iban de excursión a las islas que circundaban a la de Santorini y a la de Parika. En el barco de Adriano mejoraba su estado de ánimo. Parecía que Paloma nunca se llenaba con los paisajes que ofrecían las diferentes islas. Gracias a ello, comenzó a dibujar de nuevo.

Habían pasado una tarde estupenda en la isla de Mykonos. Por primera vez Paloma había vuelto a ser la misma mujer alegre y desenvuelta de siempre, de nuevo su hermoso rostro se iluminó con una gran sonrisa y, a pesar de su vientre prominente, se veía francamente hermosa.

Tanto Carlo, como Adriano, pensaron que su buen humor se debía a que sus anfitriones eran unos españoles que habían decidido residir en la isla. Tal vez la convivencia con sus paisanos había hecho el milagro de devolverle el buen humor.

El verla tan feliz, fue la causa por la que no pensaron en despedirse temprano.

Antonio, el dueño de la casa, insistió en que pasaran la noche en la isla, pero ellos no aceptaron el ofrecimiento y subieron al barco.

La noche era magnífica, el cielo se veía despejado y lleno de estrellas.

Pero súbitamente el tiempo cambió y densas nubes comenzaron a poblar el cielo, mientras el viento comenzó a soplar con fuerza.

Adriano, que llevaba el timón, gritó :-

¡Carlo, arrea las velas, viene una tempestad!

Él obedeció de inmediato, mientras decía:

-¡Paloma ven, no te separes de mí!

Las olas se alzaron de pronto, el barco se comenzó a balancear peligrosamente y la cubierta se llenó de agua. Carlo corrió a detener una soga que iba y venía como un chicote, barriendo con fuerza la superficie del barco.

- ¡CARLO, ¿ESTÁN BIEN?!- gritó Adriano lleno de preocupación. Para ese momento se encontraba completamente mojado y los brazos le dolían por el esfuerzo que estaba haciendo por controlar la nave.

De pronto vio frente a él el rostro aterrorizado de Carlo.

- ¡NO ENCUENTRO A PALOMA!-

- ¡DIOS!, ¿CÓMO QUE NO LA ENCUENTRAS, NO ESTABA CONTIGO?- y soltando el timón, corrió a buscarla.

A Carlo no le quedó otra que guiar la nave, pues se había ladeado bruscamente.

A partir de ese momento comenzaron a buscar a Paloma alternadamente.

Hubo un momento que Carlo tuvo que detener a Adriano, pues estuvo a punto de aventarse a las encrespadas olas.

- ¡NO, NO, NADA GANAS CON TIRARTE, PUEDES AHOGARTE Y DE TODOS MODOS NO LA ENCONTRARÍAS!- Los dos Tenían los rostros mojado por el mar y también por las lágrimas.

Pasaron horas y horas sobre cubierta. Un velo negro de duelo se cernió sobre ellos. No obstante no se dieron por vencidos. Se sumergieron varias veces en la salada agua, buceando lo más hondo que sus fuerzas les permitían. Pero no lograron encontrar a su mujer.

Los lugareños hablaron por mucho tiempo de la tragedia y visitaron furtivamente la “ Villa Constantino”. Aunque no había porque hacerlo con tanto sigilo; la casa que alguna vez fuera el feliz hogar de aquella extraña historia de amor, se encontraba vacía.

Adriano, no pudiendo soportar el dolor de no tener más a Paloma, había mandado cerrar la residencia. Mientras Carlo hizo lo mismo con su restaurante.

Y cada uno partió por rumbos diferentes. Tal vez pensaban que en algún lugar volverían a encontrar a "su Paloma".

Fin