UN AÑO DE BENDICIONES

UN AÑO DE BENDICIONES
PARA TODOS

martes, 13 de agosto de 2013

La sed II

La sed

                                                            Capítulo II


II

Fue como salir del infierno y entrar al paraíso.
Don Braulio no permitió que formara parte del servicio de la casa, al contrario, me trataron como si fuese una hija más. Desde el momento en que entré al hogar de los Gonzales disfruté de lo mismo que tenía Miranda: buena comida, ropa, paseos... pero sobretodo ¡volví a la escuela!
En medio de mi alegría pensaba en mis padres. Tenía la idea de pedir a don Braulio que me permitiera visitar a mi padre, y trataría de ver a mi mamá.
No imaginé porque doña Cuquita, la mamá de Miranda, y don Braulio se vieron a los ojos cuando les dije que quería ver a mi padre.
Por lo pronto me contestaban con evasivas. Pero algunos días después me llamaron a la sala y hablaron conmigo.
-Adriana - dijo don Braulio - lamento tener que decirte esto, pero... tu padre murió unos días después de que ese mal hombre secuestrara a tu mamá. Lo supe cuando traté de pedirle permiso para traerte a mi casa.
Sentí que todo se volvió negro y me desmayé.

La rabia y el rencor comenzaron a anidar en mí y, una sed inacabable comenzó a atormentar mi garganta.
Los amorosos padres de Miranda me dijeron que no tratase de ver a mi madre, ya que podía ocasionar que me golpearan, y de todos modos no me dejarían visitarla. Además, ellos se podrían ver seriamente comprometidos si aquel mal nacido sabía que estaban protegiéndome.
Pensé que por mí no había problema, no me importaba cuanto rechazaran mis visitas a mamá; pero por nada del mundo pondría en peligro a mis benefactores. Así que tuve que tragarme el dolor de saber muerto a mi padre y el de no poder poder hablar con mi madre.

Siempre que podía iba a la Plaza Mayor, con la esperanza de ver pasar el auto del hombre que me había robado la infancia y, a quien cada día odiaba más.
Algunas veces tenía suerte y veía venir a lo lejos la inconfundible caravana del muy importante Presidente Municipal, don Maurilio Cabrera, quien con artimañas había logrado ser reelegido por segunda vez, a base de sembrar el miedo y la muerte entre sus oponentes.
Siempre llevaba a mi madre a su lado, ella era su carta de presentación. Su distinción halagaba al rudimentario e ignorante cacique.
Verla me hacía sentir feliz y a la vez triste.
Feliz porque podía ver su añorado y querido rostro. Triste, porque no podía hablarle y porque veía como cada día sus ojos perdían el brillo de antaño, y como poco a poco se iba marchitando su belleza.
A veces sonreía, pero su risa sólo acentuaba más su tristeza. Su rostro reflejaba una gran desolación y... casi, la pérdida total de toda esperanza. Digo casi, porque sabía que en el fondo de su maltratado corazón existía la esperanza de reencontrarse conmigo. Estaba segura de qué, al igual que yo, me recordaba cada minuto del día.
Nunca intenté acercarme para evitar alguna represalia en contra de mamá, pero ella me veía desde el estrado donde daba sus interminables discursos el tan temido mandatario.
Desde lejos, sin mover ni un músculo, ella me enviaba mensajes secretos. Me daba gusto ver como se le iluminaban los ojos cuando sabía que yo entendía lo que quería decirme: "¡Lucha hijita, lucha! Tarde o temprano estaremos juntas", adivinaba que me decía.
Cuando regresaba a la casa Gonzales, doña Cuquita tenía sobre la mesa una gran jarra de agua. Sabía que llegaría sedienta, ¡muy sedienta!

Pasaron los años, casi seis, Miranda terminó la preparatoria y se dispuso a ir a la Capital del Estado para ir a la Universidad.
Me puse triste al saber que se iba mi amiga, mi hermana.
Esa noche, los padres de Miranda darían una cena, para celebrar la terminación de cursos y la inminente despedida de su querida hija.
-¡Ay Adri, no llores! Ya sabes que vendré en las vacaciones y uno que otro fin de semana. Además, el próximo año tú irás a alcanzarme, ¿ya pensaste que carrera quieres seguir?
- No, Miranda, no quiero abusar de la generosidad de don Braulio. Me quedaré, ya es tiempo de ayudar a tu mamá con la casa, seré el ama de llaves.
-¡Tonterías! No vas a desperdiciar tu inteligencia entre estas cuatro paredes, sé que deseas estudiar medicina, pues... ¡a cumplir tus sueños!- su risa llenó el cuarto donde estábamos
-Ok, ya veremos. Déjame seguir con tu peinado que no vamos a estar listas para la cena.
A punto de sentarnos a la mesa, sonó la campana de la puerta.
Paquita, la sirvienta, anunció:
- El joven David - Y tras ella apareció el chico que hacía dos años que no veíamos.
- ¡David, que alegría!- Exclamó doña Cuquita.
Miranda corrió a abrazarlo.
- ¡Pícaro, no nos avisaste!- recalcó, con cierto tono de reproche.
-Admite que te gustan las sorpresas, ¿a poco no?- su sonrisa tuvo la virtud de acelerarme el corazón.
Era el hijo de la hermana de doña Cuquita y vivía a solo dos cuadras de la casa. Aún cuando era cinco años mayor que nosotras y tenía otros primos varones más o menos de su edad, prefería venir a casa y regalarnos su tiempo libre. Jugábamos juegos de mesa, hacíamos largas excursiones o nadábamos en la amplia piscina. Pero lo que más nos gustaba era que nos leyera con su mímica tan especial y su bien entonada voz, los cuentos amorosos o de terror, que hacían nuestra delicia.

DK

(continúa)

3 comentarios:

  1. Esto sigue prometiendo :)
    Besos y salud

    ResponderEliminar
  2. Sigamos la interesante historia. Tu mandas.

    ResponderEliminar
  3. Querida tía Ku: me has cautivado con tu interesante relato. Quedo pendiente de conocer más a ese tal don Maurilio que se me figura como gamonal al estilo de Pedro Páramo.

    ResponderEliminar